Guillermo Castrillón: “La gente se queda desorientada con mi teatro, y eso incomoda”

Guillermo Castrillón presentó recientemente su último trabajo escénico, 'La vendedora de fósforos' | © Javier Gragera

Guillermo Castrillón se puede considerar un outsider de la dramaturgia peruana. Sus propuestas rebasan permanentemente los cánones del teatro tradicional, aplicando a sus puestas en escena un lenguaje personal cargado de desafíos y experimentación. Su último obra es La vendedora de fósforos, donde reinterpreta junto a la actriz Jimena Lindo este clásico de la literatura infantil.

P. Llama la atención la adaptación que habéis hecho del cuento de Hans Christian Andersen, con una propuesta tan oscura, tan cruda, tan desconcertante…
R. Los cuentos de Andersen originalmente no eran para niños, sino para ser narrados entre adultos. Andersen tuvo una vida muy oscura, que nada tiene que ver con lo que mucha gente piensa. Sus historias muchas veces son crueles, tristes, como El patito feo, El soldadito de plomo o La sirenita, que reflejan de alguna manera la vida de un niño que tuvo una infancia muy pobre, con una madre alcohólica, un padre internado en un sanatorio y varias tías ejerciendo la prostitución. También se dice que Andersen tenía una homosexualidad reprimida, oculta. Nada de lo que hay en nuestra propuesta escénica es gratuito.

P. ¿Por qué elijes a Jimena Lindo para protagonizar La vendedora de fósforos?
R.
No es la primera vez que trabajo con ella. A Jimena la conozco desde que tenía 17 años, tenemos una amistad muy larga. Cuando formaba parte de la agrupación Íntegro, ella vino a uno de nuestros talleres de danza. Jimena se mostró entonces como una actriz muy talentosa, muy chancona, y con muchas ganas de mejorar. Ella tiene un corazón creativo enorme. Luego, en el 2007, realizamos juntos la obra Escrito por una gallina, que nos fue muy bien y que ha sido uno de mis trabajos más celebrados. Esto, de hecho, generó muchas expectativas cuando anunciamos que íbamos a trabajar juntos otra vez.

P. ¿Cómo te lanzas a adaptar este clásico infantil a un lenguaje escénico contemporáneo?
R. 
Fue idea de Jimena, quien ya me comentó que quería hacer este cuento y que quería hacerlo conmigo. Que tenía ganas de volver a hacer una propuesta de teatro distinto, alejado de la carrera exitosa que ella tiene al día de hoy en el cine y la televisión. Luego surgió la oportunidad de hacerlo gracias al apoyo de la Universidad del Pacífico, y nos lanzamos. Era el cuento favorito de Jimena cuando era niña, y cuando lo leímos juntos por primera vez, ella rompió a llorar. Entonces me di cuenta que había algo ahí, y que teníamos que canalizarlo.

P. ¿Dónde visteis que estaba el punto más potente de la historia?
​R. Nos resultó atractivo abordar la historia desde la orfandad de la niña. El abandono es una sensación que todos podemos sufrir de alguna u otra manera. Además, creo que tanto Jimena como yo todavía llevamos dentro un niño y una niña que necesitan salvarse. Y el arte, si no te sana, te salva. Eso es lo que ambos buscamos en el teatro: armar un acto creativo que traiga vida.

P. ¿Cuál ha sido vuestro proceso creativo para armar la puesta en escena?
​R. Yo trabajo mucho a partir de la transferencia de ideas y sensaciones que provienen del inconsciente. Por eso necesito muchos meses ensayando. De no ser así, todo lo armaría desde la razón y el ego, y diría esto está bien y esto está mal de manera racional. Yo prefiero dejárme llevar en los ensayos para ver qué pasa, que surjan las casualidades, las coincidencias, el destino… Todos estos elementos forman parte del lenguaje del inconsciente que van más allá de la superficie y te conectan con los símbolos. Al final de todo este proceso, uno no tiene la menor idea de cómo ha llegado a eso, pero eso es lo que menos importa.

P. En el montaje llama la atención el uso que se hace de las luces, donde hay unos cubos lumínicos que se podría decir que sustituyen el uso de los fósforos… Sin embargo, al final aparece un fósforo real, un fuego que enciende Jimena Lindo en el epílogo de la obra. ¿Qué son para ti esas luces; qué representan?
​R. Trabajar las luces de una escenografía siempre ha sido para mí un desafío, es algo con lo que disfruto mucho. Hacía tiempo que quería introducir en mis propuestas luces móviles, trabajar con linternas. Así llego a estos cubos en los que inserto unas pequeñas linternas que empiezan a entrar en juego en la puesta en escena. Entonces empiezo a experimentar con ellas desde la plasticidad, desde la improvisación, me dejo llevar por la intuición. No te podría decir qué simbolizan en realidad, pero cada uno va sacando sus propias conclusiones: algunas personas me han preguntado si son estrellas, otros si son las luces de la ciudad… No importa. Luego, en oposición a estas luces artificiales, se contrapone ese fuego real, esa llama que prende Jimena, lo que para muchos simboliza la irrupción de una luz verdadera que la vendedora de fósforos necesitaba para dar el siguiente paso, un fuego interno que hasta entonces permanecía apagado.

P. Tú manejas en tu montaje muchos códigos que afloran de manera espontánea y que generan reacciones muy distintas en el público. En cierta manera, es como ir al teatro para sufrir un poco y entrar en conflicto con uno mismo…
R. Eso sucedió, por ejemplo, al posicionar las luces formando un círculo sobre el escenario. Hasta ver la obra en el teatro, no me di cuenta de que al posicionar de esta manera las luces, lo que había hecho era borrar el piso y formar un hueco negro. De esta manera, Jimena actúa todo el tiempo dentro de un agujero negro, en un vacío. Eso simboliza cosas muy distintas para cada persona, es algo muy fuerte. Piensa que Wagner en su momento transformó la ópera cuando creo el foso para la orquesta porque tenía esta teoría que la música provenía de las profundidades, del inconsciente, del inframundo. Puede haber un profundo placer estético en todo aquello que nos remite a nuestro lado más oscuro. Tú ves el Guernica de Picasso, por ejemplo, y es muy doloroso. Es un cuadro sobre el horror de la guerra, y al mismo tiempo es bello.

P. ¿Tiene salidas este tipo de proyectos escénicos en el circuito nacional e internacional?
​R. No hemos trabajado durante 9 meses para presentar esta obra solo en 4 funciones. Todos los proyectos que dirijo trato de moverlos en distintos teatros de Lima para llegar a otros públicos. Pero el teatro que yo hago no es un teatro de consumo, y al principio me entristecía ver que no llegaba a todo el mundo y que las salas estaban a veces medio vacías. Luego, hablando con mis compañeros, he llegado a la conclusión de que mi teatro es difícil de vender porque se resiste a ser definido. A la gente no le gusta lo que no puede definir, lo que no puede controlar, sobre lo que no puede opinar. La gente se queda desorientada con mi teatro, y eso incomoda.

P. ¿Quién es la vendedora de fósforos hoy en día en nuestro país?
​R. Esta obra está siendo asociada con la tragedia de los niños y niñas que están muriendo por el frío en las alturas de Puno y Cusco. Nos hemos vuelto políticos sin haberlo pretendido, trazando vínculos con esos niños y niñas que han sido víctimas del abandono social, huérfanos del Estado.

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