'Casa de perros': Una lucha como la de tantos otros

El actor Daniel Cano protagoniza esta historia | © Difusión

Crítica teatral por Javier Gragera

Después de haber estado un año prácticamente desaparecido, Juan regresa a su pueblo natal para celebrar la misa de difuntos de su hermano, quien murió el mismo día que él huyó sin dejar rastro y cuya muerte a balazos se produjo en la casa del patrón de la hacienda. Estamos en la época de la instauración de la Reforma Agraria durante el Gobierno Militar del General Velasco Alvarado, a finales de la década de 1960, en el norte del Perú. Juan (interpretado por Daniel Cano) se sorprenderá porque ya nadie en la hacienda piensa en su hermano, al que han decidido olvidar para celebrar que la tierra ahora es de ellos y el futuro, así dicen, les pertenece. Los relojes de pulsera que cada uno de los campesinos luce con orgullo en sus muñecas servirán para simbolizar de cara a la galería la nueva prosperidad de los que ya no se consideran pobres, mientras Juan atesora el viejo reloj de bolsillo de su hermano, que ya no funciona y cuyo tiempo se ha quedado anclado en el pasado. El impulso del protagonismo será desvelar qué sucedió aquella noche fatídica y, de esta manera, hacerle justicia a su hermano muerto.

Escrito por el dramaturgo peruano Juan Osorio, el libreto propone un drama rural cargado de incógnitas que sostienen el pulso dramático de la obra. De por medio, la celebración de unas elecciones democráticas dentro de la cooperativa para elegir al candidato que se hará con el poder político dentro de la comunidad enriquece el argumento y lo conduce por itinerarios de marcado carácter histórico. Aquí encontramos precisamente uno de los puntos más fuertes de la obra: la puesta en contexto.

La escenografía, funcional y rica en matices, y el vestuario logran trasladarnos a una época, que también uno siente en las canciones que los campesinos cantan a viva voz mientras hacen labores de cosecha o cuando irrumpe en escena la banda de músicos para celebrar festejos. Los recursos, bien dosificados, sirven para crear el embrujo, y ponen de manifiesto que en el teatro muchas veces menos es más. O lo que es lo mismo: un buen escenógrafo no es aquel que atiborra su montaje de elementos y estímulos superfluos, sino el que sabe manejar lo que tiene con criterio, imaginación y empatía.

Por momentos, la pieza se muestra ambiciosa y se desarrolla en una atmósfera que se mueve a caballo entre lo festivo y lo opresivo, para evocar las contradicciones de algo inevitable: cuando se rompen las reglas del juego, como así hizo la Reforma Agraria en las zonas rurales del Perú, el limbo que separa la victoria de la derrota se ensancha tanto que lo acapara todo. Es por eso que el Juan sin tierra de esta historia clama desesperado por romper la falsa alegría de una comunidad que se cree con el derecho de avanzar con paso decidido hacia el porvenir sin mirar atrás: si no se supuran las heridas que aún están abiertas, nunca habrá cicatriz sino llaga. Y ese dolor los acompañará de por vida.

La lógica del suspense
Pero no nos engañemos: lo que Osorio nos plantea en las líneas maestras de su libreto es un melodrama histórico que se justifica bajo la lógica del suspense. La narración, aparentemente más libre al principio, pronto se ata al conflicto de la muerte sin resolver y prácticamente ya no la dejará respirar. El manejo del suspense se convierte así en una camisa de fuerza que no solo inmoviliza la historia (que perderá frescura y naturalidad a medida que avanza la obra), sino que hará lo mismo con cada personaje, los cuales, en muchos casos, esconden un secreto que luego será expuesto de manera dramática. Más allá de cada descubrimiento íntimo, que en ocasiones llega por medio de una confesión no justificada o gratuita, los personajes se presentan sin relieves, tercas marionetas de cierta idea del bien y del mal que les viene impuesta por el guion

Para hacer navegar la historia por aguas seguras, Jorge Villanueva, el director del montaje, propone un registro de actuación alto, donde prima más la elocuencia que la naturalidad. A su favor, el acertado manejo del tempo. Las escenas avanzan a buen ritmo y la historia nunca se detiene, construyendo una pieza entretenida y que se hace corta a pesar de durar más de 2 horas.

Otro punto positivo de la dirección es la elección de su elenco, que pone a más de diez actores en escena. A destacar la interpretación de Stephanie Orué (Edipo Rey, Las Tres Hermanas, La Chunga…), quien al final del montaje logra que por fin algo explote y esa emoción se trasmita como un cortocircuito por todo el teatro. Mención aparte para Carlos Acosta, Ismael Contreras y Rolando Reaño, actores que se muestran capaces de sacar adelante lo que les echen.

Casa de perros es una pieza ilustrativa y atractiva, que logra arrojar con acierto nuevas luces sobre hechos trascendentes de la historia reciente del Perú. Una pieza que, además, le concede su protagonismo a Juan, un héroe apocopado y tímido, un líder de carne y hueso incapaz de hacer cosas extraordinarias, pero que clama porque haya justicia en su tierra y se vuelve valiente en su persistencia. Esa es una lucha como la de tantos otros. Juan podría ser cualquiera de nosotros.
 

MÁS INFORMACIÓN
Dramaturgia: Juan Osorio
Dirección: Jorge Villanueva
Elenco: Stephany Orúe, Daniel Cano, Ismael Contreras, Irene Eyzaguirre y Muki Sabogal, entre otros.
Sala: Auditorio ICPNA - Miraflores
Temporada: Del 5 de octubre al 12 de noviembre 2017
Horarios: De jueves a lunes a las 8 pm.
Precio: General S/50, Jubilados S/35, Estudiantes S/30

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