'Santiago, el pajarero': Cómo cortarle las alas a un soñador

Óscar Meza protagoniza esta adaptación de 'Santiago, el pajarero'. | © Javier Gragera

Crítica teatral por Javier Gragera

Inevitable que Ribeyro se sintiera atraído por la historia real de Santiago de Cárdenas, un personaje condenado irreversiblemente al fracaso. ¿Qué esperar sino de un hombre que en la Lima del siglo XVIII, aún anclada en el Virreinato colonial y reaccionario, soñó con hacer volar a las personas como si fueran pájaros? En su truncada hazaña, que nunca pasó de bocetos en papel hechos en la gruta de su taller y que recibió el rechazo unánime de los poderes fácticos de la época, Ribeyro encontró un antihéroe a su medida, de esos que suelen poblar sus relatos más memorables. El resultado fue un libreto fechado en 1959 y que se convirtió en la primera obra de teatro escrita por el autor peruano: Santiago, el pajarero.

Este título de Ribeyro vuelve ahora a escena de la mano de la dramaturga peruana Nishme Súmar, quien ha trabajo la adaptación del texto junto a su colega Daniel Amaru, como ya sucedió el año pasado con el exitoso montaje El curioso incidente del perro a media noche. La propuesta de Súmar respeta el sentido de la obra y hace hincapié en los grandes obstáculos a los que tiene que hacer frente el protagonista, un visionario ninguneado e incomprendido por los gobernantes de turno, quienes deciden darle la espalda porque sus ideas pueden cambiar las cosas y quebrar el orden establecido. El Perú del Virreinato es retratado como un país que rechaza el progreso, tutelado por líderes reaccionarios sin visión de futuro.

Pero este nuevo montaje de Santiago, el pajarero juega permanentemente al despiste, y por momentos resulta difícil ubicarlo en una época en concreto. El vestuario de los personajes y algunos elementos imprevistos, como la irrupción de un teléfono para pedir un chifa, lleva la obra a lo atemporal: a ratos parece que estamos en los años del Virreinato, a veces en el Perú republicano gobernado por PPK.

Otro elemento clave de esta adaptación es el uso de máscaras, que permite no solo el desdoblamiento de los actores para asumir distintos roles, sino que también tiene una indudable fuerza simbólica: la de caricaturizar a aquellos personajes que no son más que títeres del poder, individuos sin rastro de humanidad. Estos despóticos sujetos se han corrompido de tal manera que sus rostros están tan fríos y rígidos como una inanimada careta.

La arriesgada apuesta por las máscaras, creadas por la artista plástica Trudy Macha, beneficia al montaje, y le aporta sorprendentes recursos escénicos que enriquecen la obra en su conjunto. De hecho, la pieza sale de su amenazante mediocridad cuando aparece el primer cabezón en escena, y termina por transformarse en una hilarante sátira que se burla sin complejos de los mecanismos del poder y la arbitrariedad con la que se pueden tomar las decisiones.

Al frente del montaje está Óscar Meza, joven actor con una incuestionable proyección que lleva ya un buen tiempo pisando fuerte los escenarios de nuestra ciudad. Meza inyecta veracidad a su personaje, y su interpretación, al igual que el montaje en general, va cogiendo forma a medida que avanzan las escenas. Su destreza como ventrílocuo con una máscara en cada mano merece mención aparte. El resto del elenco también acepta el reto de ponerse una o varias máscaras (Andrés Salas interpreta a tres personajes distintos, Mayra Najar hace lo propio con dos), excepto Gisela Ponce de León, que asume únicamente el rol de novia desdichada de Santiago. Es la más desaprovechada del plantel. No le ayuda, además, tener a su cargo un personaje simplón, sin relieves, completamente encorsetado en su cliché y que prácticamente desaparece en el tramo final de la obra.

El resultado final de este montaje de excelente producción es una historia entretenida y fácilmente digerible por todos los públicos: personajes arquetípicos, moralidades monolíticas, uso del humor para caricaturizar el mal y profusión de metáforas de sencilla carga poética, como por ejemplo explotar la idea del vuelo como símil de libertad. En cualquier caso, el libreto de Ribeyro no da para más. La obra tiene la configuración propia de una fábula donde incluso encontramos un pájaro sin alas.

Con Santiago, el pajarero Teatro La Plaza inaugura el 2018 poniendo en escena la primera pieza de una temporada que estará dedicada en exclusiva a obras escritas por autores peruanos.

MÁS INFORMACIÓN
Título: Santiago, el pajarero
Dramaturgia: Julio Ramón Ribeyro
Dirección: Nishme Súmar
Elenco: Óscar Meza, Gisela Ponce de León, Andrés Salas y Mayra Najar
Sala:
Teatro La Plaza (Centro Comercial Larcomar, Miraflores)
Temporada: Del 18 de enero al 27 de febrero 2018
Horarios: De jueves a martes a las 8 pm, domingos 7 pm
Precio de entrada: General S/ 65, Estudiantes S/ 30, Jubilados S/ 35 (sólo jueves y domingos); Sábados: General S/70, Estudiantes S/30; Precio popular (lunes y martes): General S/ 45, Estudiantes S/ 25

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