Rock y violencia durante la guerra interna. Conversación con Martín Roldán Ruiz, autor de 'Generación Cochebomba'

Martín Roldán. © Manuel María

Entrevista realizada por Oswaldo Bolo Varela

Entre los objetos culturales que relatan la guerra interna peruana desde la singularidad que experimentaron, Generación Cochebomba es, indudablemente, una propuesta que destaca. Con un título que convoca toda una emoción generacional, esta novela narra la cotidiana y violenta sobrevivencia de un grupo de amigos –rockeros subtes– a finales de los años ochenta: jóvenes desesperados por escapar de la realidad caótica, en pobreza y desamor, que ha engendrado la guerra entre Sendero Luminoso y el Estado peruano.

Si escribirla resultó complicada –un abandonar y retomar los recuerdos adolescentes durante varios años–, su publicación lo fue aún más: sin mucha experiencia en el rubro, sin mayores contactos o recomendaciones, y con algún rechazo editorial, Martín Roldán decidió imprimirla (y venderla) por su cuenta. Así publicó una primera edición de autor, hoy inubicable, que contenía varias erratas y que en junio del año pasado cumplió una década. Luego, la novela fue haciéndose un público propio: pasada de mano en mano, caleta, como se pasaban los casetes de las bandas que musicalizan esta historia.

En el 2013, llegó la segunda edición y al año siguiente la tercera (ambas agotadas y compartiendo una portada en tono rojo de dos chicos punks besándose con intensidad). Una cuarta, mucho mejor cuidada, salió en el 2015 (con otra fotografía, esta vez matizada en verde, de alguien atándose las agujetas de unos ‘chancabuques’ destroza todo). Pocos meses después se publicó la versión española, su carátula muestra una mano con pulsera de púas cogiendo un casete. Y en 2017, ya constituido en un texto de inevitable referencia sobre el mundo subte durante la guerra, se publicó la quinta edición: su presentación muestra una icónica fotografía de un bus explosionado, intervenida por carteles de conciertos punk.

Cada una de estas portadas refleja, en su variedad temática, algunos de los escenarios a los que esta novela se aproxima: un relato sobre el (des)amor juvenil, un testimonio de los años desenfrenados del punk rock limeño, una historia sobre cómo se vivía durante la violencia terrorista y contraterrorista. Pero, sobre todo, como lo escribe el propio Roldán, esta novela es un intento –fallido o no, es una decisión que le pertenece a la crítica– por retratar en detalle a «los que buscaron vivir de espaldas y contra la historia». Este es un tópico en el que insiste constantemente. La independencia de la novela no solo como un producto cultural alejado de las conexiones y padrinazgos frecuentes: «a la literatura peruana o a la narrativa peruana, o al circuito literario, o a la fauna, o a la farándula literaria peruana, o limeña, aparecí huérfano de todo, con un libro bajo el brazo»; sino también la independencia de la historia misma, un relato que él reconoce como una singularidad: «escribí esta novela porque quería contar una historia que consideraba importante […] sentía que no necesariamente era una gran novela o algo así, pero yo pensé que había escrito algo para mí y quería verlo publicado».

Diez años después, Generación cochebomba continúa mostrándose como una heredera directa (y retorcida) de las historias de collera que Reynoso contó o de esa Lima monstruosa que leímos en Congrains. Es un relato que –pese a sus limitaciones e imposibilidades– se inscribe en la propuesta ética que Gutiérrez pensó para la Literatura: allí donde la historia olvida, la novela recuerda.

Un miércoles pasado, en una tarde de verano y en el colegio donde trabaja como bibliotecario, conversé con Martín Roldán (48 años, barba dispersamente encanecida, gestos amables, un hablar pausado que se entrega al monólogo). Nos sentamos en un sofá negro, en medio de un patio escolar absolutamente vacío, mientras algunos perros cariñosos jugueteaban entre sus piernas. Hablamos, por su puesto, de los años del punk rock en Lima; también, de cómo surgió la novela. Lo primero que quise preguntarle fue una duda/reclamo de un viejo fan desilusionado:

O.B.V: He vuelto a leer la novela después de varios años. Recuerdo que la primera vez me gustó mucho la relación –hasta ese entonces inédita– entre la violencia política y los subtes. Ahora que he vuelto al libro, me ha decepcionado su propuesta escéptica: un grupo de muchachos convocando su destrucción a través de las drogas y el alcohol, mientras la ciudad se cae a pedazos…
M.R.R:
Es que leer el libro tiene épocas. Conforme ha pasado el tiempo, me he dado cuenta de que la historia tiene varias lecturas. Algunos lo veían al principio como realismo sucio, otros como una historia de amor o una novela de la guerra… eso me indica que tiene muchos matices. Cuando sale la novela, meses antes había salido Incendiar la ciudad, de Julio Durán, pero no había más novelas que directamente hablaran del mundo punk, subte. Ya después empiezan a haber más interpretaciones: ensayos, tesis, estudios más académicos. Eso ha hecho que se abra un poco y que aparezcan más interpretaciones. Por eso creo que cada uno tiene su visión sobre estos años: algunos han visto la situación desde una manera más conceptual, otros lo ven de un modo más vivencial. Yo he intentado equilibrar las dos visiones.

¿Cómo ves la novela luego de diez años? ¿La has vuelto a releer?
No, no, no. A mí me aburre Generación Cochebomba… es que la he leído un montón de veces por las ediciones que ha tenido, por las correcciones y ya no la he leído por placer. Pero a veces la agarro y me pongo a leerla y descubro cosas buenas, cosas que me gustan en cuestión de lenguaje, incluso que me hacen suspirar en algún momento. Pero yo ya no la pienso, la novela ya camina, no me pertenece, ya no quiero opinar sobre si hice esto bien o lo otro.

¿Por qué la primera edición la sacaste por tu cuenta?
Un amigo mío –Eduardo Pucho– me presentó a un editor. Yo le mandé la novela y, a las semanas, él me manda un correo diciendo que la novela no tenía trama, que los personajes no estaban logrados, cosas así… Me recomendaba leer a Tolstoi. Y bueno, yo entré en pánico. Qué he estado escribiendo, me dije. Yo la comencé a escribir desde la segunda mitad del 95, luego dejé de escribirla entre el 98 y 2000, pero la retomé del 2001 hasta el 2004. Y para ese tiempo ya estaba corrigiéndola. Pero a las finales me dije que no, que yo lo iba publicar por mi cuenta. Así que trabajé con un préstamo que me hizo mi hermana, me junté con unos amigos: uno me diseñó la portada; otro que trabajaba en imprentas, del barrio, me hizo un precio de amigo; el que era fotógrafo profesional me hizo la foto de la solapa. Yo mismo me iba a distribuir la novela, de librería en librería. Me acuerdo de que cuando fui a El Virrey de El Centro me dije que, si me aceptan acá, creo que me aceptan en todos lados. Y así lo hicieron. Uno que distribuyó bastante fue Benjamín Corzo, de la librería Contracultura. El Fondo Editorial de San Marcos me ayudó también, ellos repartieron a varios lados.

Uno de los componentes en el libro es claramente la música. Las letras de varias canciones acompañan los diálogos de los personajes, incluso al final de la novela recomiendas un soundtrack para acompañar la lectura. ¿Cuál es tu relación con estas canciones? ¿Son las que escuchabas cuando escribías?
No tanto cuando escribía, porque ahí yo apagaba todo. Pero a veces ponía La Maqueta de los 13 y Eutanasia a bajo volumen, porque me transportaba a esos años, encontraba la inspiración allí. La idea del soundtrack final sale de la maqueta de Q.E.P.D. Carreño. Allí decía algo así como “se recomienda escuchar esta maqueta a volumen alto y en estado máximo de embriaguez. Beber es vivir”. Por eso yo le coloco algo parecido a la novela. También lo hice como un testimonio de lo que fue el rock subte, de las bandas y canciones que en ese tiempo escuchábamos. Porque no fueron libros o películas con lo que nosotros nos formamos, sino con la música.

¿Y cómo fue el acercamiento a esa música, al rock subterráneo?
En Breña, yo crecí en un barrio muy rockero. De chibolo jugaba y los viejos, en las esquinas, escuchaban rock (Led Zeppelin, Queen, AC/DC, Kiss). Yo crecí en ese ambiente, pero no terminaba de encontrarme allí. Había escuchado a Narcosis en el colegio, también había visto pintas de Zcuela Crrada y de Leuzemia. Y me habían gustado. Pero cuando me prestaron, en el 84 o 85, una grabación de Eskizofrenia, de Eskorbuto, fue para mí como un golpe que marcó un antes y un después. Tenía quince años. Ahí me acerqué más al punk y descubrí otros grupos como La Maqueta de los 13, Leuzemia o Eutanasia (que es para mí la banda peruana que marca también). Y comienzo a ir más seguido a los conciertos –a partir del año 87, en el Centro de Lima– que se hacían en El Hueco, la peña Huascarán, la peña Helden, la Jato Hardcore…

¿Ibas vestido de negro, con cadenas y brazaletes con púas?
No, no, la gente solía presentarse tal cual era. Yo iba con lo que vestía, a veces usaba unos chancabuques cortos y jean, pero nunca iba con los pelos parados (más bien yo quería hacerme mi peinado a lo Morrissey, pero nunca me ligó). De hecho, al que iba todo producido, muy marciano, lo veían sospechoso. La gente se paraba los pelos con jabón Bolívar, se pintaban los polos con tinte para zapatos, uno mismo se bordaba los parches, todo era una vaina autoproducida. Así estuve hasta fines del 95, cuando dejé de ir. Las bandas que yo escuchaba (Voz Propia, Eutanasia) se habían quitado para ese tiempo. Y las nuevas que habían salido eran distintas y no me llamaban la atención o sonaban a bandas antiguas. Ya no me hallaba en esos conciertos, no era mi ambiente. Para mí antes los subtes era un grupo de amigos, todos juntos, otro espíritu. Y luego ver los conciertos auspiciados… ya no era lo mío.

¿Una suerte de venderse?
No tanto venderse, era otro ambiente. Yo creo que la evolución del músico es eso: empezar desde la precariedad y, si es bueno, seguir en la brecha y tocar donde tenga que tocar, donde lo contraten. El venderse es otra cosa, es hacer la música que no te sale del corazón.

A todo esto, ¿cómo era la presencia de Sendero en el mundo del rock subte? ¿Captaba gente entre los que asistían a los conciertos?
Sendero captaba gente en todos lados, no solo era algo exclusivo de los subtes. Estaban allí, el que menos sabía que eran los ‘sacolargos’, como les decíamos. Y a veces conversabas con ellos y normal, como si nada. Creo que estaban a la expectativa de gente radicalizada, porque había rebeldes dentro de la mancha subte. Y a los más desesperados, que buscaban cambio, los convencían. Porque los senderistas tenían respuesta para todo (dentro de su línea ideológica, claro), tenían el manual listo para repetir lo que había dicho Gonzalo. Y a muchos convencían, porque tenían un discurso aparentemente coherente. Igual, todos hemos sido tocados por ambos fuegos. Por eso otros optaban por irse…

O por destruirse, como lo que pregona uno de los personajes de la novela: “Vamos a destruirnos”, como un escape de la realidad.
Sí. Justo hoy recordaba que uno de los fundadores de Delirios Krónicos se volvió cristiano. Y me decía, treinta años después, ¿en qué han terminado mucho de los subtes? Algunos están locos, en la religión, otros están muertos por meterse a Sendero, o por alcohólicos y drogadictos, o con sida. En algunos años ya nadie hablará de los subtes, quedará como una anécdota más dentro de los movimientos juveniles del país. Pero creo que ha sido uno de los movimientos más honestos que han salido, porque es parte de un contexto específico. Muchos hablan de Los Saicos o La Nueva Ola, grupos de esa época, pero eran parte de una sociedad tranquila, del mainstream.
En cambio, los subtes contenían una serie de ingredientes que necesariamente tenían que hacerlo explosionar: la crisis del rock (no por Velazco, ni por la ausencia de instrumentos importados, sino porque los músicos habían mudado a otros registros como la cumbia), que habían dejado un vacío; más la politización de los años setenta y ochenta; la guerra interna; la crisis económica… Todo esto llevó a que los jóvenes que habían crecido en plena guerra sean más radicales en sus letras y a que su música sea una expresión pura de esos tiempos. También llevó a que se formara todo un circuito alternativo al que no le importaba estar en las radios o en los periódicos. Bandas, fanzines, revistas, grabaciones, circuitos de distribución, conciertos propios: todo un trabajo autogestionado.

Toda una realidad que viven directamente los personajes de la novela, especialmente Adrián R., a quien ni siquiera el amor redime y que, por el contrario, permanece estancado durante toda la novela, sin saber qué decir o qué hacer más allá de beber y drogarse.
Es que las opciones en esa época eran o unirte a Sendero o ser parte de las fuerzas represoras o buscarte un camino propio. Muchos optaron por creer que el camino era una especie de nihilismo: ni con uno ni con el otro. Muy individual. Por eso Adrián R. cree encontrar algo en el amor, pero hasta el amor ya está secuestrado. Y eso solo mantiene su indiferencia, su apatía. Yo siento a Adrián R. como un cobarde, sin encontrar solución y dejando que las cosas sucedan, en una especie de no futuro.

Y lo mismo sucede con Olga, ¿no? un futuro sombrío también para ella, incluso en los espacios más íntimos, aparentemente menos políticos.
Es que esa es la lógica de la violencia, la lógica de Sendero: muy por encima de las relaciones amicales o familiares está la revolución. Todo está infiltrado por su lógica y eso es algo que intenté mostrar en la novela. Así como también quise mostrar un lado más humano de ellos, sujetos con sentimientos y dudas sobre su propia ideología. Esa es una de las cosas que me planteé cuando comencé a escribir la novela, quitarme los prejuicios sobre ellos, esa idea de que son unos locos, que se les ocurrió hacer una guerra contra el Estado… No, son consecuencias, procesos. Yo no quería hacer ese discurso para los escasos: senderista malo, policía bueno (o viceversa). Estas personas eran seres humanos que tenían un motivo por el que se habían metido allí, razones fuertes, una lógica diferente a nuestra lógica cristiana o demócrata, muy sólida para ellos, pero frente a la cual también tenían dudas, tal y como lo quise plasmar en la novela.

¿Qué es lo que sigue en tu escritura? Leí que quieres hacer una trilogía...
Sí. Mucha gente me pregunta para cuándo la segunda parte de Generación cochebomba, pero yo no quiero hacer eso. Más bien, siempre me queda inquietud sobre los años pasados. Es más, me gustaría hacer una trilogía que se llame Décadas: esta novela sobre los ochenta, una más que estoy escribiendo sobre los años noventa, y una de los setenta, sobre mi infancia, que imagino será una novela del padre.

Añadir nuevo comentario