Mi problema con el arte moderno

Obra de la exposición 'Orozco, Rivera y Siqueiros', en el MALI © Franchesko Miranda

Crónica de una visita guiada escrita por Hans Herrera Núñez

Tengo algunos problemas con el arte. Y es bastante grave si se trata de arte abstracto. En el caso de la exhibición en el MALI de piezas de muralismo mexicano (entre otros el cuatro ojos de Orozco, el cobarde de Siqueiros y el cornudo de Rivero), mi perspectiva cojeaba de lo poco impresionable que soy a nivel pictórico. Por esa razón fui a la visita guiada acompañado de la Holliday. En parte para hacerme compañía, y de paso para que me tradujera qué carajos estaba viendo (ya sabes, cuando se trata de arte moderno necesitas de toda, pero de toda la ayuda disponible).

Mousique Holliday es un espíritu etéreo que se alimenta de música, pintura, largos paseos por la playa en bici y noches enteras arropada por Netflix. Toda ella respira la forma de una figura arquitectónica, una extravagancia sobria con el cabello amarrado y unos lentes de marco translucido con los que ausculta el mundo de las impresiones.

Caímos junto a una docena de visitantes a la visita guiada por una señorita en edad de “último llamado antes de que se le vaya el tren”; este grupo de interesados y curiosos en el arte lo integraban estudiantes, jubilados, turistas y personas con tiempo, como era el caso de nosotros dos. Lo cierto es que yo no estaba con ganas para tanto arte ese día. Había salido de casa con el alma cojeando y el corazón en la palma; o sea no estaba en plan buen rollo, ¿me flipas? Y Holliday que lo percibe todo con sus omniscientes anteojos se percató, así que fue un poco incómodo, porque mi aura estaba negraza como vientre de zamba tamalera a la medianoche en el Jirón Camaná.

Pero ya, qué remedio. Avanzamos en el recorrido de la muestra, y Holliday muy atenta, escuchaba y observa detenidamente los cuadros, y de vez en cuando preguntaba por el material empleado en tal obra y así, cuestiones técnicas, porque para interpretaciones metafísicas ella siempre se basta a sí misma, como me demostró cuando al finalizar la visita guiada rápidamente y a contrarreloj (ya cerraban el museo) nos paseamos por todos los cuadros y ella me explicaba la geografía de estos autores tan viejos que me eran nuevos.

Así entendí que Siqueiros era un creyente revolucionario, de trazos firmes, llenos de ángulos, un experto en el empleo de nuevas técnicas de tipo industrial. En su pintura afloraba la vitalidad optimista del revolucionario para quien todo está mejorando, está avanzando. En cambio, Orozco era otro rollo, más pesimista, oscuro, sin mayor matiz que el abierto y violento contraste de blanco y negro, un maestro cocinando los colores, con trazo firme y doliente y cosas por el estilo. Y así me iba explicando y yo asentía, porque no entiendo nada de esto, y lo lamento mucho, es mi culpa, en toda mi vida escolar de colegio estatal solo una vez nos llevaron al museo, pero eso no es excusa para seguir siendo burro.

Qué hacer, me sentía tonto, y mientras nos movíamos entre obras de arte universal de inestimable valor monetario, yo no podía dejar de ver las pecas que sobresalían de la parte superior de la espalda que tan gentilmente dejaban a la vista aquel ligero polo que llevaba puesto Holliday. Sus pecas sobresalían como astros acanelados en un lienzo más blanco que el marfil. Imaginariamente y con la mirada iba trazando una constelación a partir de esas pecas que imaginaba con sabor a pecanas, algo entre dulce y sagrado. A medio camino entre poesía y serie de televisión.

Acabada la visita guiada ya no quedaba mucho tiempo más para seguir viendo por cuenta propia, unos pocos minutos extra para correr rápido, hechos bala y desglosar los cuadros que teníamos delante, cuadros que quizá no volveríamos a ver reunidos así nunca. El tiempo, en arte es lo que más interesa y más falta. Tiempo, eso no teníamos para entretenernos en contemplar la textura de aquellas fatuas imágenes, pálido reflejo de lo más hondo de aquella triada de pintores mexicanos echados a perder por el mezcal y los premios.

Todos  aquellos cuadros, historia de la historia, abuelas de la vanguardia, modernidad clásica, me eran totalmente lejanos. No me despertaban emoción, ni interés; solo pena de no estar a la altura de cosas que encantaban a otros de espíritu sensible, disponibles a despertar con la mirada un sentimiento congelado en barniz. Pero no estoy siendo concreto, y no estoy yendo al grano, que es que no podía dejar de mirarle las pecas de la espalda, contemplar el vuelo de su falda jean larga, y los collares de colores, de tan buen gusto que adornaban su largo cuello de cisne, porque toda ella estaba tan bien pintada que solo me daban ganas de contemplarla, y caí en el hecho de que una obra de arte viva disfrutaba de obras de arte inanimadas y me explicaba a mí en un acto de fe hacia la humanidad, creyendo poderme salvar de mi obtusa ignorancia por el único medio de la educación, el hermoso sentido del arte moderno.

Pero para sentir, que de eso va el arte, antes hay que tener corazón, y creo que yo a estas alturas me voy dando cuenta de que ya no disfruto de las ventajas de los sentimientos, como si en lugar de un corazón en el pecho solo tuviese un reloj mecánico. Ojalá la Holliday se anime y me regale (que por algo es pintora) un corazón de cartulina roja. Y así entender de qué carajos hablamos cuando decimos arte moderno.

Orozco, Rivera y Siqueiros - Modernidad en México se podrá visitar hasta el 21 de mayo de 2017, de martes a domingo de 10 am a 7 pm, y sábados hasta las 5 pm. Precio de entrada: De S/30 a S/5

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